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martes, 23 de noviembre de 2010

Campaña "Tus manos son para proteger"

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Los niños pasan por una etapa de deseo de independencia que lleva asociado un desafío a la autoridad, y esa autoridad son las normas establecidas por los padres. A esta edad, a los niños les encanta comprobar también las reacciones de sus padres cuando los provocan y, si observan que pierden el control, sentirán que es él quien está al mando de su comportamiento. En estos casos se requiere subrayar la autoridad paterna y pegar al niño es a veces visto como la forma más eficiente de lograrlo.

La experiencia ha demostrado que con los niños no sirven las largas explicaciones racionales y adultas. Los niños son niños y entienden mejor órdenes cortas y tajantes. Quizá, cuando sean más mayores, se podrá
negociar con ellos el comportamiento más adecuado pero a edades tempranas es difícil hacerles "razonar" como los mayores. Pegarles puede implicar entonces lograr la obediencia inmediata, pero después, el niño se habitúa con lo que los padres han de aumentar la frecuencia para logar el objetivo de la obediencia. Además ello implica enseñarles un modo de resolver los problemas que a su vez ellos pueden aplicar con sus amigos cuando hagan algo malo según sus criterios.

Para una convivencia armónica y positiva entre los diferentes miembros de una familia y en la sociedad a la que poco a poco se irán abriendo, es preciso imponer a los niños una serie de normas justas y abiertas (desarrollables) que sientan como compartidas entre todos y, consensuadas entre ambos padres (autoridad compartida). Una serie de responsabilidades y formas de conducta que deben ser firmes y dejadas muy claro en cualquier momento en que se vean amenazadas.

Es preciso para ello establecer una jerarquía de consecuencias ante el mal comportamiento, pero estas deben ser siempre de carácter positivo y pedagógico, obligando o privando de hacer alguna actividad que ejercerá como compensatoria.

A su vez, cuando el niño esté haciendo algo que lo pueda lastimar, es preciso apartarlo de lo que está haciendo y decirle un no “rotundo” y firme pero pacífico. Tomándolo de las manos y mirándolo a los ojos mientras lo haces y dejando para cuando esté tranquilo las explicaciones sobre el peligro que corre haciendo lo que estaba haciendo. Así evitaremos que el niño lleve a cabo el comportamiento temerario a escondidas, algo que se podría desencadenar con una solución violenta.

Quiero que quede muy claro que golpear, gritar, humillar, insultar o simplemente ignorar a un niño (o, en su extremo contrario, sobreprotegerlo), no lo educa; solo perpetua el ciclo de violencia, deformando y dañando sus sentimientos y capacidades como individuo.

A menudo las conductas de maltrato son protegidas por una cierta cultura de "posesividad", según la cual los hijos son catalogados y tratados como objeto o producto bajo la hipótesis de que " los padres siempre saben lo que hacen". Sin embargo, y por lo general, los padres son inconscientes de lo nocivo de dichas conductas. Suelen repetir, además, el ciclo destructivo del que ellos mismos fueron objeto.

Muchos de los 296 comentarios que hasta ayer tenía el reportaje, titulado “El cachete duele, pero no funciona”, defendían el uso de la violencia. Lo llamativo era la virulencia con la que muchos la defendían, como si el planteamiento de psicólogos y pedagogos de que ese método no es una herramienta adecuada para educar y además no es eficaz a largo plazo les atacara íntimamente. Muchos coincidían en afirmar que ellos mismos habían recibido sus azotes o bofetadas y que no estaban traumatizados. Que gracias a ello son adultos educados y de provecho y que la permisividad y el buenrrollismo actual de los padres progres es lo que genera jóvenes maleducados y desnortados que acabarán maltratando a sus progenitores.

Sin embargo, en países paradigmáticos de la buena educación y del buen rendimiento escolar, como los nórdicos, están prohibidos los castigos físicos desde hace años (eso sí, con grandes campañas de información y concienciación), sin que los niños se hayan vuelto unos cafres. Incluso, según algunos comentarios, son capaces de jugar sin gritar ni hacer ruido. En fin, que hay otras formas de mantener la disciplina y el respeto además de pegar, aunque pueden ser más trabajosas y requieren más autocontrol y paciencia.

El hecho de que casi todos los que defendían el azote reconocían haberlos recibido parece confirmar uno de los efectos de este castigo del que alertan los psicólogos. "Lo tomas como modelo de conducta, como forma válida y aceptable de educar a tus hijos", explica Manuel Gámez Guadix, profesor de Psicología de la Universidad Autónoma de Madrid.

No siempre es así, "pero estadísticamente, es más probable que los padres con los que se utilizó también lo hagan con sus hijos, es lo que han aprendido, y además es una forma de justificar el comportamiento de sus padres". Lo contrario implica aceptar que su padre no era perfecto y que no tenía derecho a pegarle, con el conflicto y la carga emocional que ello conlleva.

Un trabajo de Murray A. Straus, profesor de Sociología y codirector del Laboratorio de Investigación Familiar de la Universidad de New Hampshire, basado en multitud de datos de estudios científicos sobre las consecuencias del castigo físico, recomienda "no pegar nunca". "Los beneficios de evitarlo son muchos, pero para los padres es virtualmente imposible percibirlo observando a sus hijos", afirma. "Los padres pueden percibir el efecto beneficioso de una bofetada (sin ver la igual eficacia de otras alternativas), pero no tienen forma de mirar un año o más adelante para ver si hay efectos secundarios perjudiciales por haber pegado al niño para corregir una mala conducta".

Los niños que viven tales situaciones de maltrato emocional o físico suelen sufrir a largo plazo baja autoestima, conductas reiterativas con juegos de poder ( agrede a otro o es agredido), rupturas con la realidad por insensibilidad emocional y desordenes psicológicos como psicopatías, neurosis, depresión infantil hasta esquizofrenia en el peor de los casos.

Aparte de todo ello hay que recordar que la ley lo prohíbe en España desde 2007

lunes, 8 de noviembre de 2010

mielina, entre la excelencia y el delirio


El cerebro del niño de 6 años es básicamente materia gris. Conforme su cerebro madura la sustancia gris transita a blanca a diferentes velocidades según diferentes partes del cerebro. Las células cerebrales forman materia o sustancia blanca al recubrir las glías los axones de las neuronas con una capa de mielina, de la misma forma que un cable de cobre se recubre con un aislamiento plástico, evitando de esta forma la pérdida de señales eléctricas en su recorrido por las células nerviosas.

La sustancia gris, al carecer de mielina, no es capaz de transmitir rápidamente los impulsos nerviosos. Esta característica se asocia con la función del procesamiento de información (recuerdos), es decir, da la función del razonamiento y consta de somas neuronales densamente agrupados. La blanca, en cambio, está formada por millones de vías de comunicación, cada una compuesta por un cable largo e independiente, el axón, cubierto por la mielina que es quien dota de este color característico y permite a la sustancia blanca interconectar diferentes partes y lados del cerebro. Esto explica que con la edad, el cerebro pase a ser un órgano de, fundamentalmente, conexiones a corta distancia a uno con muchas conexiones a larga distancia (equipo de Bradley Schlaggar de la Universidad Washington en San Luís).

La mielina es una sustancia producida por dos tipos de células gliares: las células de Schwann encargadas de sintetizar la mielina y presentes en las neuronas conectivas y motoras, y los oligodendrocitos, que construyen una envoltura formando una capa gruesa alrededor de los axones de las neuronas de seres vertebrados y que se da en conocer como la vaina de mielina. Este esfingofosfolípido formado por un alcohol llamado esfingol, una cadena de ácido graso, fosfato y colina evita que la señal se escape y se disipe y permite que los impulsos nerviosos recorran los axones hasta cien veces más deprisa.

La experiencia influye en la mielinización: el tráfico detectado en el flujo de impulsos lo largo de los axones altera otro tipo de célula glial, el astrocito, que libera un factor químico encargado de estimular en los oligodentritos la síntesis de mielina y hace también aumentar la cantidad de neurregulina, una proteína que reviste los axones y que hace que las células de Schwann produzcan mayor número de capas de mielina alrededor del axón cuando la detectan.

Ahora bien, en neurología, más veloz no significa necesariamente mejor. La información debe recorrer distancias enormes entre los centros cerebrales, cada uno con su función determinada, y ha de llegar de forma simultánea a un lugar y en un instante precisos. Una vez que el axón ha sido mielinizado, los nódulos de Ranvier resultan cruciales para la coordinación. Estas interrupciones de la vaina aislante, lejos de ser un defecto, operan como intrincados repetidores bioeléctricos que generan, regulan y propagan con prontitud, a lo largo del axón, las señales eléctricas. Este ajuste de la velocidad de conducción es clave para que las descargas de los impulsos eléctricos de múltiples axones lleguen al mismo tiempo y que con la convergencia se aumente la intensidad de la señal estrechando la conexión entre las neuronas implicadas.

La estimulación y el ejercicio de las habilidades específicas es clave para su desarrollo. Vicent J. Schmithorst, del Hospital Infantil de Cincinnati ha hallado que los niños desatendidos que han crecido en un entorno sin mucha estimulación (acceso a múltiples juguetes e interacción social) poseen en la edad adulta hasta un 17 por ciento menos de sustancia blanca en el cuepo calloso que pone en conexión los dos hemisferios cerebrales. También se infieren a su vez “ventanas” de edad para el aprendizaje de nuevas destrezas ya que el aislamiento de las fibras nerviosas se comprende fundamentalmente entre los 5 y 18 años. A partir de entonces se desarrolla un tipo distinto de aprendizaje basado en la intervención directa de las sinapsis mientras un tipo de proteína, la Nogo-A, evita que los axones se ramifiquen y establezcan nuevas conexiones.

La mielinización se produce a edades distintas. En el recién nacido, las células mielinizadas predominan sólo en unas pocas regiones cerebrales aumentando luego a un ritmo irregular. En ciertos lugares la deposición del aislante no termina hasta los 25 o 30 años. La mielinización progresa como una onda, desde la parte posterior de la corteza cerebral (nuca) hasta la parte frontal (frente). Termina en los lóbulos frontales, las regiones responsables de la planificación, el juicio y el razonamiento de nivel superior, capacidades que se adquieren sólo con la experiencia. Se ha conjeturado que la escasez de mielina en el prosencéfalo explica que los adolescentes no posean la capacidad de los adultos para tomar decisiones o que las mujeres maduren a más temprana edad ya que este proceso se desarrolla en ellas con anterioridad (Ignacio Morgado, catedràtic de Psicobiologia en la Universitat Autònoma de Barcelona. Conferencia en la Setmana Mundial del Cervell 2010).

Investigaciones recientes de Leslie K. Jacobsen, de la Universidad de Yale, indican que la exposición al humo de tabaco durante el desarrollo fetal tardío o durante la adolescencia, cuando el haz aludido se halla acumulando mielina, causa el deterioro de la sustancia blanca. La nicotina y otras sustancias psicoactivas afectan a los receptores de los oligodendrocitos alterando la normal actividad mielinizante (como factor epigenético) pudiendo ser el desencadenante de trastornos como la esquizofrenia que aparecen típicamente en la adolescencia y que, al igual que el autismo, el trastorno bipolar, la dislexia, el trastorno de déficit de atención con hiperactividad o la mitomanía, se saben correlacionados con trastornos genéticos vinculados a la formación anómala de la mielina.

domingo, 17 de octubre de 2010

Mi mundo gris oscuro casi negro*

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Randolph Nesse, un psicólogo e investigador en medicina evolutiva de la Universidad de Michigan, compara la relación entre la depresión leve y la clínica con la que existe entre el dolor normal y el crónico. La hipótesis de Nesse es que, análogamente al dolor que te impide hacer actividades físicas que te dañan, el estado de ánimo bajo hace que dejes de hacer actividades mentales dañinas, particularmente, perseguir metas inalcanzables. Perseguir estas metas es un gasto de energía y recursos. Por lo tanto, según Nesse, es probable que exista un mecanismo, consecuencia de la evolución de la especie, que identifique determinadas metas como inalcanzables e inhiba su persecución. El estado de ánimo bajo sería al menos parte de ese mecanismo.

Es una hipótesis ingeniosa pero, ¿es cierta? Un estudio publicado en el Journal of Personality and Social Psychology sugiere que puede que lo sea. Carsten Wrosch de la Universidad Concordia (Canadá) y Gregory Miller de la Universidadde British Columbia (Canadá) concluyeron que chicas que habían experimentado síntomas leves de depresión podían desengancharse más fácilmente de las metas inalcanzables. Esto apoya la hipótesis de Nesse.


Además, en aquellas mujeres que podían desengancharse de lo no conseguible les era menos probable sufrir depresiones graves en el largo plazo.

Los síntomas leves de depresión pueden verse como una parte natural de la gestión del fracaso en los adultos jóvenes. Aparecen cuando se identifica una meta como inalcanzable y llevan a una bajada de la motivación. En este período de baja motivación se ahorra energía y se uniformiza la percepción.

Significativamente se produce una homogeneización del mundo pero, además, investigadores de la Universidad de Friburgo (Alemania) encabezados por Ludger Tebartz van Elst sustentan la idea de que, cuando se está deprimido, efectivamente todo se percibe sensorialmente como gris.

El equipo de Tebartz van Elst ha empleado técnicas neuropsiquiátricas y oftalmológicas para centrarse en la respuesta de la retina a los contrastes blanco-negro. Concretamente midieron el electroretinoma de patrones (que usa modelos de rejillas en vez de flashes de luz), que es como un electrocardiograma de la retina del ojo, tanto en pacientes depresivos como sanos.

Encontraron una importante pérdida en el contraste en la retina en los pacientes deprimidos, independientemente de si habían estado recibiendo o no medicación antidepresiva. También pudieron comprobar que existía una correlación entre el contraste percibido y la gravedad de la depresión, es decir, aquellos con los síntomas más severos tenían también las repuestas retinianas más bajas.

El dicho afirma que en la variedad está el gusto. El deprimido deja de percibir al menos parte de la variedad que su entorno le ofrece, haciendo de su mundo un lugar menos agradable. Ahora bien, nadie dijo que en realidad tuviera que serlo.
*Gris oscuro casi negro: descripción de los agujeros negros por Stephen Hawking en 1974

viernes, 11 de junio de 2010

Spaceship Earth

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En 1951, Buckminster Fuller inventó la expresión 'Spaceship Earth' para referirse a que la Tierra era una nave espacial cuyos habitantes comparten un mismo destino, por encima de las diferencias más o menos ilusorias en virtud de las cuales se matan los unos a los otros.

Hoy vivimos aún con la mirada del inconsciente fija en el código evolutivo heredado de tiempos pretéritos. Seguimos midiendo a las personas y a nosotros mismos según los caracteres externos -raza, clase...- que se posean relegando el valor intelectual. Pero las contraproducentes condiciones socio-económicas harán tambalear esta lógica consumista por lo que habrá que empezar a buscar una alternativa verdaderamente sólida.

"Nada reducirá la pasión consumista, salvo la competencia de otras pasiones", afirma otro francés, Gilles Lipovetsky (La sociedad de la decepción). ¿Como cuáles? "Conocer, aprender, crear, inventar, progresar, ganar autoestima, superarse", ese tipo de ideales o ambiciones que los bienes comerciales no pueden satisfacer. Atención a su profecía: "Llegará un día en que la cultura consumista no tendrá ya el mismo impacto, la misma importancia en la vida de las personas. A fin de cuentas, esta cultura es una invención reciente en la historia: comienza su andadura a fines del siglo XIX y adquiere una fuerza considerable a partir de la década de 1950"; es decir, puede asimismo deshacerse o transformarse.


Si la competitividad material tornara a competitividad intelectual cambiaría que de un elemento tangible, la competencia pasaría a enfocarse sobre el virtual del conocimiento, que sin embargo es más real.


La imposibilidad de transportar mercaderías baratas de una parte del mundo a otra Cuando el barril de petróleo vuelva a costar tres dígitos acabando con la cultura low cost, según Jeff Rubin, (Por qué el mundo está a punto de hacerse mucho más), nos obligará a producirlo todo más cerca: desde los granos de arroz hasta los barcos y lo que era exótico volverá a ser exótico y caro. Dicho de otro modo, nos tendremos que reacostumbrar a una cultura material de nuevo más local y artesana.


La crisis radica en la concepción de la naturaleza humana que rige el comportamiento de los líderes mundiales y cuyos presupuestos surgieron hace más de 200 años, durante la Ilustración, en los albores de la economía de mercado y de la era del nacionalismo. A los pensadores ilustrados, con sus ideas de que la esencia humana es racional, distante, autónoma, ambiciosa y utilitarista, les gustaba propugnar que la salvación individual está aquí en la Tierra, en un ilimitado progreso material particular.

La concepción ilustrada de la naturaleza humana se reflejó en el recién acuñado Estado-nación, cuyo objetivo era proteger la propiedad privada, estimular el mercado y servir de intermediario a los intereses de la ciudadanía en el ámbito internacional. Se consideraba que los Estados-nación eran agentes autónomos envueltos en una incesante batalla con otras naciones por la obtención de ganancias materiales.

Si la naturaleza humana es como indicaban los filósofos ilustrados, probablemente estemos condenados. Imposible concebir un ejercicio competitivo de escala mundial sostenible, respetando la salud a la biosfera si todos nosotros, en nuestra esencia biológica, somos agentes autónomos, egoístas y materialistas.

Sin embargo, los últimos descubrimientos sobre el funcionamiento del cerebro y el desarrollo infantil nos obligan a repensar esos arraigados dogmas. Los biólogos y los neurocientíficos cognitivos están descubriendo neuronas espejo, llamadas de la empatía, que permiten a los seres humanos sentir y experimentar situaciones ajenas como si fueran propias. Parece que somos los animales más sociales y que buscamos interactuar íntima y amigablemente con nuestros congéneres.


Por su parte, los científicos sociales están comenzando a reexaminar la historia con una lente empática, descubriendo así corrientes históricas ocultas que sugieren que la evolución humana no sólo se calibra en función del control de la naturaleza, sino del incremento y la ampliación de la empatía hacia seres muy diversos y en ámbitos temporales y espaciales cada vez mayores. Las pruebas científicas de que somos una especie básicamente empática tienen consecuencias sociales profundas y de gran alcance, y podrían determinar nuestra suerte como especie.


Reconvertir las relaciones globales de una base materialista a la del conocimiento sucitaría la supervivencia y sostenibilidad biológica y daríamos el salto hacia una conciencia empática mundial.

Al desarrollar el sistema nervioso central de cada individuo y del conjunto de la sociedad, las revoluciones en las comunicaciones no dejan de proporcionar escenarios cada vez más incluyentes para la maduración de la empatía y la expansión de la conciencia. Durante la primera revolución industrial, caracterizada por la imprenta y la conciencia ideológica, la sensibilidad empática se extendió hasta alcanzar las fronteras nacionales, de manera que los estadounidenses se identificaban con los estadounidenses, los españoles con los españoles, los japoneses con los japoneses, etcétera. Durante la segunda revolución industrial, caracterizada por las comunicaciones electrónicas y la conciencia psicológica, los individuos empezaron a identificarse con otros de ideas afines.

Hoy en día nos encontramos en la cima de otra convergencia histórica, en una tercera revolución industrial de la energía y la comunicación, que podría extender la sensibilidad empática a la propia biosfera y a toda la vida terrena. La repartida revolución de Internet se está conjugando con la diseminación de las energías renovables, haciendo posible una economía sostenible que se gestiona localmente con vínculos en todo el mundo. Durante el siglo XXI, cientos de millones de personas transformarán sus edificios en centrales productoras de energía que producirán in situ fuentes renovables, almacenándolas en forma de hidrógeno y electricidad compartida, e intercambiándolas a través de retículas locales, regionales, nacionales y continentales de funcionamiento similar al de Internet. En el ámbito energético, al igual que en el del conocimiento, la difusión de fuentes de código abierto dará lugar a espacios de colaboración energética, no diferentes a los de índole social que en la actualidad existen en Internet.


Si conseguimos aprovechar nuestra sensibilidad empática para instaurar una nueva ética mundial habremos superado los distantes, egoístas y utilitaristas presupuestos filosóficos que acompañaban a la competitividad materialista de los mercados nacionales y el orden político de los Estados-nación, situándonos en una nueva era de conciencia biosférica. Así, dejaremos el antiguo mundo de la geopolítica para entrar en la nueva era de la política del conocimiento afín con nuestra biosfera. Esta nueva perspectiva va más allá de la tradicional divisoria entre conservadores y progresistas que caracteriza la geopolítica actual de la economía de mercado y el Estado-nación. La nueva divisoria es generacional y enfrenta el jerárquico modelo de organización familiar, educativa, comercial y política con otro más cooperativo y cosmopolita que, en su funcionamiento y sus espacios sociales, favorece los ámbitos comunes del código abierto. Para la generación de Internet, la calidad de vida se mide más por el valor intelectual (ilimitado) que se manifiesta en el mundo virtual relegando ahora este a los valores materiales.


El conocimiento y el pensamiento, más allá de los credos religiosos y la identificación nacional, incorporará empáticamente a toda la humanidad en un ingente proyecto vital que envolverá la Tierra, esta vez respetándola.

martes, 25 de mayo de 2010

Tinta de calamar

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En una entrevista, el neumólogo Josep Morera habla de la relación entre tabaquismo y enfermedades respiratorias y cuenta que hasta 1880 sólo se habían descrito 300 casos de cáncer pulmonar, pero que a partir de ese momento, cuando el tabaco pasó a elaborarse de forma industrial, el número de tumores se disparó, aunque hasta 1950 no apareció un estudio médico que vinculara hábito y dolencia. Entonces, las tabaqueras se lanzaron al ataque y, al no poder refutar esa evidencia, crearon un instituto de investigación cuya principal labor consistió en generar confusión asegurando que no estaba demostrado su poder cancerígeno.

Después de leer el texto, me doy cuenta de que la táctica tinta de calamar, que consiste en enturbiarlo todo para que se desconozca la realidad, debe de haber funcionado de manera habitual en relación con todas las drogas, ya que la percepción que la ciudadanía tiene de ellas guarda poca relación con sus efectos reales.

Si en la década de los setenta el consumo de drogas prohibidas se asociaba principalmente con la heroína y se consideraba propio de personas sin instrucción o, cuando menos, una actividad transgresora, actualmente mucha gente juzga su consumo glamouroso y lúdico y considera que quienes lo denostan son pusilánimes sin remedio. Así, no puede sorprender que, de los 6.802 análisis de droga (alcohol aparte) que los Mossos d'Esquadra realizaron a conductores en 2009, el 65% diera positivo. Las más consumidas por esos individuos interceptados eran el cannabis (60,7%) y la cocaína (28,07%), drogas que a muchas personas les parecen caramelos de menta.

Sin embargo, como ocurre con el tabaco, actualmente sí tenemos datos sobre los efectos devastadores que las sustancias psicoactivas tienen sobre nuestro cuerpo, sobre nuestro ánimo y, más aún, sobre nuestro cerebro, porque este, ahora, podemos conocerlo mediante las imágenes obtenidas por resonancia magnética y comprobar, así, las alteraciones que sufre.

Las drogas, alcohol incluido, actúan sobre el responsable de nuestras emociones: el sistema límbico, en el que se hallan los centros de recompensa y los centros de castigo, que resultan inutilizados; unos -los de recompensa-, al ser sometidos a una activación muy directa, para la que no están preparados, que impedirá que reaccionen ante estímulos naturales (comida, sexo...); otros -los de castigo-, porque se ponen en marcha en cuanto empieza la tolerancia a la droga, con lo que la persona adicta ya no la toma para experimentar placer, sino para evitar sentirse mal.

Por otro lado, el sistema límbico interactúa con la corteza prefrontal, la encargada de dirigir nuestra conducta para conseguir objetivos. Ambos trabajan a la par, excepto si uno de los dos tiene problemas. Muchas drogas inhiben el córtex prefrontal, por lo que el sistema límbico acaba yendo por libre. Precisamente la inexplicable actitud que percibimos en la edad adulta de la adolescencia se debe a que en esta época se producen cambios en nuestro cerebro, concretemente se mieliniza interconectando estas zonas pero sólo eficazmente cuando dicho proceso ha acabado: el final de la adolescencia que para las mujeres suele ser más precoz.

A la larga, la adicción provoca alteraciones permanentes en los circuitos y, entonces, las emociones dominan la conducta. En definitiva, nos hace regresar a nuestros orígenes evolutivos, a ese Homo neanderthalensis que, según hemos sabido recientemente, nos ha legado entre un 1% y un 4% de ADN, y que, según los especialistas, debía de tener menos desarrollada la capacidad de razonar, planificar o controlar la conducta, ya que su frente oblicua (huidiza) tal vez no permitía alojar una corteza prefrontal del mismo tamaño que la del Homo sapiens.

Dado que la edad media de inicio de consumo en España se sitúa sobre los 15 años para el cannabis y la cocaína, y que, de la población entre los 14 y los 18, más del 20% ha consumido el primero y un 6% ha probado ya la segunda, quizás deberíamos poner en marcha un sistema eficaz para alertar del peligro de la droga sobre los cerebros adolescentes que, si bien les es más dificil percibir el mismo, al menos debemos saber actuar para que finalmente puedan ser conscientes de el y no estancarse en una "neandertalización" permanente.

miércoles, 3 de marzo de 2010

Todo es jazzlativo

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"Más que un disco: una declaración de principios". La aparición, hace medio siglo, de Free jazz: a collective improvisation, a cargo de un colectivo de "jóvenes leones" de la New Thing comandados por el saxofonista Ornette Coleman (Fort Worth, Texas, 1930), generó en los años sesenta un verdadero maremoto en las tranquilas aguas del jazz. "Una música sencillamente ininteligible", para unos, o lo más parecido a una "biblia musical" para quienes tomaron el título del disco como referencia de un nuevo género de música: el free jazz (jazz libre).

Hacía apenas unos meses que Ornette Coleman había llegado a Nueva York desde su California de adopción dispuesto a romper lazos con un jazz que el tiempo había convertido en una música repetitiva y predecible. "La forma del bebop ha sobrevivido durante cuatro generaciones, pero no ha evolucionado", declaraba el saxofonista. "Es una cuestión de 'dame los acordes y yo hago el resto': lo que yo hago es exactamente lo contrario: llegar a los acordes desde la melodía".

Free jazz fue grabado en 1960 de una sola vez y sin interrupciones. El líder de la sesión reunió en el estudio de grabación a dos cuartetos con, entre otros, los trompetistas Don Cherry y Freddie Hubbard y el clarinetista Eric Dolphy. Las interpretaciones se grabaron en estéreo, con cada cuarteto sonando de forma completamente aislada en un canal y en otro: "Ornette nos dio unas indicaciones de adónde quería conducir la música desde el punto de vista melódico y rítmico y, a partir de ahí, era cosa nuestra" (Hubbard). El resultado son 40 minutos de una doble improvisación "libre", colectiva y simultánea: "Quería una masa de sonidos en la que yo fuera uno más. La única manera de conseguirlo era escribir una pieza y encontrar unos músicos lo suficientemente buenos para tocar al mismo tiempo".

Hoy, medio siglo más tarde, los neurocientíficos tratan de descifrar el código que se utiliza para transformar, por ejemplo, una imagen que llega a la retina en secuencias de impulsos eléctricos emitidos por millones de neuronas: lo que nos permite percibir la información de los sentidos.

Hasta ahora, se pensaba que un cierto grado de correlación entre los disparos de neuronas próximas era inevitable, dado que las conexiones neuronales son muy densas, pero dos estudios publicados en Science han demostrado que las neuronas próximas se disparan a ritmos distintos ante un mismo estímulo (Alfonso Renart y Jaime de la Rocha; físicos españoles de la Universidad Rutgers, Nueva Jersey son los primeros firmantes de uno de los dos artículos).

Lo que han hecho los investigadores es, por un lado, realizar simulaciones numéricas de redes neuronales en computadoras y, por otro, analizar registros experimentales de la actividad simultánea de poblaciones de neuronas en la corteza de ratas anestesiadas. Ambos "confirmaron que es posible encontrar estados de actividad en redes corticales donde la población se comporta como si las neuronas fuesen esencialmente independientes", dicen. Nuestro cerebro vendría a ser por tanto algo así como el estudio de grabación de ‘Free Jazz’ y el código neural una sesión con Ornette Coleman.

De nuevo la forma se adapta a la función, Todo es Jazzlativo!

martes, 16 de febrero de 2010

Hay otros mundos posibles


Resulta cotidiano salir a la calle y toparse con gente para la que ésta es su residencia estable. La mayoría padecen trastornos mentales y no hace falta una gran sensibilidad para darse cuenta que en cualquier otro sitio estarían mejor que allí.
Según un trabajo publicado en 'Psychological Medicine' por un grupo de Alicante la atención sobre las personas de su entorno reduce los ingresos y brotes en las personas con esquizofrenia. Constata que un seguimiento adecuado a los familiares y amigos de personas con esquizofrenia les permite gestionar mejor la enfermedad de éstos -reducir las tensiones, comprender mejor los síntomas, tratar de ponerse en el lugar del paciente- arrojando resultados muy superiores a los que pueden ofrecer sólo los medicamentos, hasta el punto de reducir enormemente las recaídas (12% en el grupo tratado frente al 40% en el grupo de control) o las alucinaciones o los delirios típicos de la enfermedad. También han conseguido disminuir los llamados síntomas negativos -los comportamientos pasivos, la falta de expresión afectiva, la falta de relación emocional, el aislamiento- "que se consideraban que no eran modificables" y, sobre todo, los incidentes graves por parte de los enfermos, destaca Girón.
La evolución nos ha dotado de un cerebro para sentir y para pensar, un órgano asombroso que sueña, ama y crea. Pero somos imperfectos. Al cerebro humano le lastra el miedo. Programado para sobrevivir, observa desde su caja negra los peligros que le acechan. Y, a diferencia del cerebro de otros animales, se anticipa a la incertidumbre y escudriña y teme también aquello que posiblemente podría ocurrirle:el desprecio de alguien amado, la muerte de un ser querido o la mirada del jefe que tal vez esté barruntando despedirnos. Atrincherado en su miedo a no sobrevivir, el cerebro nos tiende trampas para aliviar su soledad, para poblar de certezas su universo incierto y cambiante. A golpe de etiquetas dividimos el mundo en bueno o malo, es decir, en seguro e inseguro. Vivimos con la mirada del inconsciente fija en el código evolutivo heredado de los muertos: lejos de la manada, acecha la muerte. El desprecio de los otros nos aterra. Intentamos ampararnos en el abrigo de verdades egocéntricas que defienden un espacio seguro. Para ellos ese espacio es individual, unipersonal en ellos mismos, pero para nosotros puede ser una versión colectiva del mismo; el grupo, político, familiar o artístico. Ulteriormente, los humanos tienden naturalmente a la justicia social y a la empatía, pero éstas se inhiben si el entorno y el cerebro así se lo aconsejan. No somos malos, somos obedientes porque tenemos miedo, aunque esa contradicción entre lo sentido y lo vivido crea más soledad y dolor del que siempre quisimos evitar.
En ese espacio seguro, renunciamos a nuestro ser transparente, único y vulnerable, rechazamos enfrentarnos a las emociones que producen miedo y ansiedad. Disimulamos y evitamos hablar del dolor que alberga el mundo, aunque los expertos alertan del incremento espectacular de los trastornos mentales, con su séquito de sufrimiento, suicidios, maltratos y abusos, incluso entre los más jóvenes. ¿Por qué no somos capaces de ayudar a nuestros conciudadanos a encontrar su lugar en el mundo? El sistema alimenta con esfuerzo y rigor nuestro cociente intelectual, pero apenas educa en el conocimiento sobre uno mismo; en la capacidad de reinterpretarse, de desaprender aquello que nos lastra, en la expresión pacífica de la ira, en la capacidad de sentir y de escuchar al otro, en convivir. La inteligencia emocional se ha convertido en nuestra sociedad en un don para unos pocos, en vez de una actitud vital para todos.
El cerebro es lo único que nos limita, a partir de él todos los mundos son posibles. Para algunos sin embargo la perspectiva esta tan deformada que tras la ventana solo ven monstruos, reflejos en realidad de en lo que se han convertido ellos mismos. Físicos y astrónomos proclaman cada día un universo inmenso, frío e inhóspito, a años luz de las leyes que gobiernan nuestra cotidianidad. No debemos dejar que para algunas personas, precisamente los que están a su lado y con quienes comparten experiencia vital sean el elemento intimidador. Tenemos que aprender a ganarnos su confianza y lograr que integren nuestro punto de vista integrando nosotros antes el suyo particular. Promover al fin y al cabo la muy saludable perspicacia que nos lleva a contrastar nuestra opinión con la del resto, aceptando y tolerando que no hay una verdad absoluta sino verdades parciales, y que es de ese diálogo entre todas ellas de donde habrá de salir una verdad nueva capaz de acogernos a todos.

“Cualquier destino, por largo y complicado que sea, consta en realidad de un solo momento: el momento en que el hombre sabe para siempre quién es”
Fuente: "Biografía de Tadeo Isidoro Cruz", de "El Aleph" J.L.Borges